En torno al streaming

Los tiempos actuales han traído a los músicos una propuesta de supervivencia que llamamos concierto en streaming. Al no tener otra salida profesional, los artistas aceptan el reto. Participé en varios conciertos de esta nueva moda durante los últimos meses y decidí compartir mis pensamientos sobre estas nuevas experiencias. Comentaremos varios aspectos diferentes que construyen el tema para analizar finalmente una serie de conclusiones al respecto.


El camino de un artista



Para llegar a ser un artista, con la capacidad de despertar el interés de la gente, no basta con tener talento. Unas cualidades del propio carácter, como autoexigencia y sacrificio, y además una constante evolución; son elementos imprescindibles en este camino. Pero aún teniendo todo esto, no es suficiente, para que un potencial público esté dispuesto a pagar dinero por una entrada y a pasar su tiempo libre escuchándote.


Así que, cuando un artista llega a un reconocimiento profesional ya tiene la importante experiencia como para actuar en un concierto “en vivo”. Y en esta experiencia todos coinciden que existe una palabra “clave” que representa el valor de cada actuación: “energía”. Y está presente en varias versiones: la que aportó el compositor, la que da el artista, la que recibe el público, la que se crea en un continuo diálogo entre las dos partes implicadas en una sala de conciertos. Y esta energía en cada actuación es nueva y distinta. Es lo que convierte a un concierto en único e irrepetible.



En un estudio de grabación


A la hora de grabar un CD el artista busca la perfección. Puede repetir algo que no le ha salido como quiso y, gracias a un proceso de edición, dejará un resultado impecable. La mayoría de los CD actuales están hechos a base de estos montajes, con el fin de conseguir la mejor versión de la obra interpretada.

Y en algunos casos la realidad de estas grabaciones, las “cicatrices” pulidas de este “Frankenstein musical”, sólo conoce el técnico de sonido y el mismo intérprete. Y el secreto se queda bien guardado entre ellos.

En los tiempos anteriores, el echo de grabar un CD aportaba un valor añadido al artista. Y tanto los profesionales como los amateurs compraban los discos y lo que es más importante: los escuchaban. Hoy en día, con las alternativas de las plataformas digitales, los CD están en periodo de extinción. Y con la abundante oferta de las redes sociales de vídeos y audios entretenidos, se escucha menos música en casa.


El público


La parte del público más generosa y respetuosa en una sala de concierto clásico son aquellos, que han estudiado en las aulas de una escuela de música. Estas personas entienden el valor de la entrega y sacrificio de un artista desde su propia experiencia.

Foto 1. “Allegro Vivace“, producido por Petit Liceu, en el Teatre del Liceu, Barcelona. Jon Koldo, Ricard Torino, Esther Vila, Marta Rosell, Elena Roche, Xavier Fernández, Marta Valero, Olga Kobekina

Foto 2. “Allegro Vivace“, producido por Petit Liceu, en el Teatro Arriga, Bilbao. Jon Koldo, Pablo López, Francisco Javier Jiménez, Esther Vila, Elena Roche, Marta Valero, Olga Kobekina

Foto 3. "Monsieur Crochet", producido por Príncep Totilau, en Hong Kong.


Los profesionales vienen a un concierto con una parte de interés y otra de crítica. En general, los músicos profesionales no son un público habitual y constante. Una de las razones -cuándo escuchas la música trabajando durante horas casi a diario, ya no te apetece escuchar nada más. Si los músicos profesionales deciden ir a un concierto, va ha ser por un compromiso personal con el intérprete, por un interés al programa o obra concreta (conozco varias versiones, a ver como lo hace este) o por una admiración al intérprete conocido.


Resumiendo, para un profesional la salida a un concierto está, de una u otra manera, relacionada con su trabajo.


Los que no saben de música clásica- tienen más miedo de mostrar sus emociones y afecto, por la vergüenza de decir algo no adecuado y quedar mal. Pero entienden más de lo que ellos mismos creen.

Porque la realidad de la interpretación musical depende de las emociones, reacciones, pensamientos y relaciones humanas. El arte musical crea la unión de las experiencias del compositor, intérprete y del espectador y tiene un lenguaje universal sin barreras idiomáticas.


El concierto

Un concierto en vivo no solo es un acontecimiento artístico, sino también, un acto social. Implica la decisión de romper la rutina y salir de casa (con tu pareja o amigos) y compartir algo de cultura. Te vistes un poco mejor que en un día corriente, lo que le añade un punto de festividad e importancia al acto.

En una época en la que whatsapp, Facebook, etc., ocupan el 80% de la comunicación, el solo hecho de ver a la gente y sentir la emoción real de una conversación sin “emoticonos”, se convierte en una experiencia de vida importante y necesaria. Eso nos mantiene por un rato en un modo más humano y menos digital.

En los tiempos actúales, hemos atrofiado nuestra capacidad de escuchar, nos interrumpimos hablando, tapamos los oídos con los cascos para aislarnos del mundo exterior, que suena y continúa su ritmo vital. Incluso en la naturaleza con los sonidos más sanos y bellos del viento, árboles, pájaros, mar o río... nos ponemos los auriculares.


Pues en un concierto donde has pagado una entrada tendrás que “aguantar” lo que suena. Incluso conectarte con la música y el intérprete y seguramente te formarás una opinión personal sobre lo que acabas de escuchar. Y al final, todo esto puede que acabe gustándote.


Todo cambia: llegó el streaming


Si alguna vez tuviste grabar algún vídeo interpretando algo- obra musical, poesía o felicitación de cumple para un amigo, entonces sabes lo difícil que es el proceso. Terminas la grabación, la ves y entras en estado de profundo agobio. No te gusta ni lo que suena ni lo que ves.

 

Concierto en streaming. Ala Voronkova, violín; Olga Kobékina, piano.

Los artistas que han actuado en los conciertos streaming en la mayoría de las veces no están contentos con el resultado. Se crea una actuación para el público, sin público y con un aparato mudo e indiferente delante, que es la cámara. Ademas, nuestra psicología identifica la idea de algo grabado como algo perfecto.

Cuando hacemos una foto con unos amigos, o un “selfie”- ponemos el “lado bueno” de nuestra cara, criticamos la imagen al detalle, pocas veces nos gustan nuestras sombras de la cara, arrugas o las miradas reales.

Así que, en un concierto en streaming, a pesar del esfuerzo para hacer la mejor versión musical, es difícil que quede satisfecha con el resultado visual de lo que estoy ofreciendo a un posible comprador de mi concierto. Porque al editar tu trabajo en una pantalla, toman parte otras leyes, que no tienen nada que ver con mis anteriores experiencias artísticas.


Aquí nos adentramos en el mundo de los audiovisuales, donde los limitados recursos tecnológicos de un músico clásico en el salón de su casa, e incluso, una sala moderna, no tienen competencia con lo que ofrecería, por ejemplo, un plató de televisión. Estamos obligando a la gente a mirar la pantalla con una imagen fija, o muy poco variada, durante nuestra interpretación. En resumen: hacer cine, o videoclip, no tiene nada que ver con el concierto en directo.


A pesar de todo esto, el resultado musical seguro que va a ser bueno, con sus cosas del

“directo” , ya que dentro del mundo de las grabaciones streaming se crea una situación más o menos real, sin las “pequeñas mentiras” de un CD. Pero la máxima concentración del artista creará una versión intensa y digna de atención.


 

Al ofrecer la versión digital de un riguroso “directo” se simula la situación de un concierto y es lo que anunciarás para la venta. Pero lo que está eliminado del proceso del concierto simulado es el espectador: la razón, el objetivo y participante activo.


Como comentamos antes, en un concierto en directo, lo más importante no es la perfección sino la energía que trasmites. Y es donde el espectador quiere recibir tu parte emocional y te devolverá su respuesta. Todos los artistas sabemos que cada sala de concierto tiene su energía propia, la sentimos antes de comenzar con el primer saludo, evoluciona durante la actuación.

Cuantas veces comentamos “el público era muy frío” , “ha sido difícil ganarlos”, “la respuesta era increíble desde las primeras notas”.

Y el espectador que quiere ver y escuchar el concierto en streaming está aún más despistado que el artista. La actuación deja de ser un acto social y se convierte en un intermedio entre un programa de televisión o un vídeo de música clásica de Facebook, YouTube, Instagram u otra de las redes sociales.


Y las distracciones de nuestra ajetreada vida, como la presencia del móvil, familiares que no siempre comparten el interés musical, o la urgencia de hacer tareas importantes, complican aún más ese necesario momento de concentración.

Los músicos ponemos mucha ilusión en cada actuación: en directo en una sala, grabando un CD o en versión streaming. Disfrutamos más, sin duda, con la gente presente.

Y el público decidirá si el streaming entró en nuestras vidas para quedarse o solo es fruto de las circunstancias actuales. Mientras los artistas se seguirán tomando con la misma seriedad todas las actuaciones, dedicándolas a todos los que quieran seguir disfrutando de la música.

En toda la historia de la interpretación, los músicos clásicos han creado una distancia y seriedad que asusta y aleja al espectador, que teme no estar a la altura. Y ahora, cuando la situación con la pandemia nos arrebató al público, buscamos desesperadamente el modo de captar su atención y no perderlo en la inmensidad de las redes sociales y propuestas más entretenidas.


Seguro que con algo de creatividad encontraremos nuevas soluciones. Y no estaría mal compartir entre los artistas y los espectadores algunas ideas en este nuevo campo que llamamos streaming.